La muerte está desnuda frente al hombre.
Desnuda, simple, franca.
No es ojo cerrado por la sombra:
es una piedra blanca,
una pared escueta, una muralla
dura y definitiva.
Morir es entregar la batalla a otras manos como una mano viva.
La muerte está desnuda frente al hombre y es simple como el paso, el corazón, el labio, la silla y el abrazo.
Simple como las mesas cotidianas, como la cena diaria.
Viva como el amor y, como el cuerpo, concreta y necesaria.
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